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¡Te espero!
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Introducción: El Paradigma Inverso del Crecimiento
Personal
Pasamos gran parte de nuestra vida en una guerra silenciosa
contra nosotros mismos. Luchamos contra nuestros miedos, intentamos erradicar
hábitos que nos avergüenzan y aplicamos una lógica fría a problemas que sangran
emoción. Sentimos el agotamiento de esta batalla interna, la frustración de
estar en guerra con el propio territorio que habitamos. ¿Y si el camino hacia
la paz no fuera una lucha, sino una rendición? ¿Y si, para ganar, primero
tuviéramos que deponer las armas?
Este artículo es una invitación a explorar cinco verdades
paradójicas sobre la sanación, ideas que van en contra de todo lo que nos han
enseñado. La tesis es simple pero radical: el verdadero crecimiento no reside
en "arreglarnos", sino en escucharnos. El hilo que une estas
lecciones es una práctica fundamental: la presencia. Se trata de
aprender a estar encarnados, a habitar la sensación corporal en lugar de
perdernos en los juegos del intelecto. Es un paradigma inverso donde, para
avanzar, primero debemos aprender a estar quietos.
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1. Deja de Luchar Contra tu Miedo: Es Energía Creativa en
Bruto
La primera idea que debemos desaprender es que el miedo es
un enemigo a vencer. En lugar de una señal para detenerse, el miedo es
"energía creativa en un estado bruto". La metáfora más poderosa es la
del petróleo: recién extraído del pozo, es una sustancia oscura e inservible.
Sin embargo, una vez refinado, se convierte en el combustible que impulsa al
mundo. De la misma manera, el miedo es el combustible de la creación.
Esta perspectiva transforma nuestra relación con el riesgo.
Cuanto más ambicioso es un proyecto, cuanto más nos aleja de nuestra zona de
confort, más "petróleo" —más miedo— se necesita para impulsarlo. Solo
a través de la presencia podemos observar esta energía sin ser
consumidos por ella, permitiendo que se transmute en inspiración. El miedo no
es el freno; es la prueba de que estás al borde de crear algo nuevo.
"El miedo no es una señal para detenerse, sino la
prueba de que estás vivo, creando y lleno de posibilidades."
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2. Tus "Defectos" no son Enemigos, son
Protectores que Debes Abrazar
A menudo, intentamos extirpar las partes que no nos gustan:
la ansiedad, la procrastinación, la mente desbocada. Pero estos
"defectos" son, en realidad, mecanismos de protección que nuestro
sistema ha desarrollado para sobrevivir. Un ejercicio transformador es cambiar
la frase "me cuesta" por "me protejo". Quizás no "te
cuesta" hablar en público; te "proteges" de ser juzgado. Quizás
esa mente ruidosa y esa verborrea incesante no son un fallo, sino un protector
que te impide sentir un dolor más profundo.
Podemos visualizar esta dualidad con la metáfora de una
moneda: una cara es el amor, la otra es el miedo. Son inseparables. Si
intentamos deshacernos de la cara del miedo, perdemos la moneda entera. Abrazar
nuestras neurosis no es regodearse en ellas, sino reconocer su función,
escuchar su mensaje y agradecer su intento de mantenernos a salvo. El camino no
es cortar cabezas de demonios, sino integrarlas.
Intentar deshacernos del miedo, hace que también te deshagas
del otro lado (amor). Es necesario abrazar la neurosis. Si pierdes un lado de
la moneda, lo pierdes todo.
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3. Tu Cerebro No Tiene Todas las Respuestas: La Verdadera
Sabiduría Reside en el Corazón
Nuestra cultura glorifica el intelecto, un principio
masculino de análisis, juicio y definición. Creemos que podemos pensar nuestra
salida de cualquier problema, lo que nos conduce a la "explosión" del
sobreanálisis y el estrés. Hemos olvidado la sabiduría del corazón, el
principio femenino de sentir, recibir y aceptar. No es una idea meramente
poética; el campo bioeléctrico del corazón es hasta 5000 veces mayor que el del
cerebro, una señal de su inmensa inteligencia.
El mecanismo es claro si entendemos la jerarquía natural de
la experiencia humana: Sensación → Sentimiento → Intelectualización.
Nacemos sintiendo, pero nuestra cultura nos enseña a saltar directamente a la
intelectualización, a etiquetar y juzgar la experiencia antes de haberla
sentido realmente. El intelecto define, y al definir, limita. El corazón, en
cambio, nos conecta con un potencial infinito. La verdadera sabiduría no llega
pensando más, sino sintiendo más profundamente.
El intelecto define, limitando; el corazón define, sin
limitar. El intelecto nos enfoca en la definición, en la limitación. Si nos
permitimos escuchar al corazón, no hay límite alguno, el potencial es infinito.
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4. Sanar No es "Hacer" Algo, es ser Escuchado
Profundamente
La idea convencional de la terapia implica un
"tratamiento": un experto que "hace" algo para
"arreglar" a un paciente. Pero esta visión ignora nuestras dos
necesidades más profundas: ser escuchados y ser sostenidos. La sanación más
transformadora ocurre en un silencio radical, cuando un terapeuta o amigo
ofrece una presencia absoluta y no hace absolutamente nada más.
En este enfoque, no hay diagnóstico, pronóstico o plan de
tratamiento. El practicante simplemente escucha, creando un campo de confianza
tan seguro que la inteligencia innata de la persona se atreve a hacer su propio
trabajo. En ese espacio, sin la presión de ser "arreglados",
encontramos el coraje para explorar nuestros traumas y encontrar nuestra propia
paz. La sanación no es algo que se nos hace; es lo que emerge cuando se nos
permite ser. La audiencia es la curación.
Se dice que ser escuchado es ser sanado y ser escuchado
profundamente es ser profundamente sanado.
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5. No Eres Quien Crees que Eres: Vives Reaccionando al
Pasado
Creemos que somos los autores conscientes de nuestra vida,
pero la epigenética ofrece una estadística impactante: entre el 95% y el 99%
del tiempo, no estamos presentes. Estamos reaccionando automáticamente a la
"mochila de nuestro inconsciente". Lo que llamamos nuestra
"personalidad" es, en gran medida, una serie de hábitos y patologías
absorbidas del pasado. No somos quienes creemos ser; somos un hábito.
La vía de escape de esta prisión reactiva es el cuerpo. El
pensamiento es un viajero del tiempo; salta al pasado y se angustia por el
futuro. La sensación, sin embargo, es una ancla: sólo puede existir,
radicalmente, en el ahora. Sentir nuestro cuerpo es el acto más directo para
despertar a quienes realmente somos, más allá de los patrones automáticos. Esta
es la liberación definitiva: no estamos definidos por nuestra historia. En
cualquier momento, podemos dejar de reaccionar y empezar a sentir, abandonando
el ruido de la mente para habitar la sabiduría silenciosa del presente.
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Conclusión: La Invitación al Silencio Interior
Estas cinco lecciones nos guían hacia una misma verdad: la
sanación es un viaje que va de la gestión a la presencia. Dejamos de intentar
gestionar nuestros miedos, arreglar nuestros defectos y analizar nuestros
problemas, y en su lugar, aprendemos a estar presentes con lo que es: a
presenciar la energía del miedo, a escuchar la sabiduría de nuestros
protectores y a sentir la guía del corazón. No se trata de convertirnos en
alguien mejor, sino de despertar a quienes ya somos, bajo capas de hábitos y
reacciones. Es un regreso a casa.
La próxima vez que te enfrentes a un miedo, a un hábito que
te disgusta o a una emoción abrumadora, la invitación es a cambiar de
estrategia.
¿Y si la próxima vez que sientas miedo o te enfrentes a un
"defecto", en lugar de luchar, simplemente te detienes a escuchar?
¿Qué crees que podrías descubrir en ese silencio?
Las dos grandes necesidades del ser humano a nivel emocional
son ser escuchado y ser sostenido. Son dos pilares fundamentales que permiten a
nuestro cuerpo digerir eficazmente el flujo permanente de las experiencias de
vida de todo tipo con las cuales nos encontramos. Esto también crea unas
condiciones óptimas para el funcionamiento de nuestro sistema inmune – nuestro
guardián. Cuando nos sentimos escuchados, recibidos, sostenidos de manera
incondicional somos capaces de explorar las experiencias no-digeridas a nivel “más
profundo “de lo habitual. La mayor parte
de la vida pasamos reaccionando a los traumas acumulados que a menudo han
“entrado” en nuestro sistema en las etapas pre-cognitivas, pre-verbales, antes
de que se han desarrollado nuestras capacidades de conceptualizar y razonar
sobre lo que está sucediendo y permitir a nuestro sistema que lo “digiera”.
Estas experiencias o traumas sensoriales simplemente “están allí, dentro” y
nuestra percepción sobre nosotros mismos y sobre quienes somos tiende a basarse
en gran medida en ellas. La transmutación de los traumas de cualquier tipo solo
puede ocurrir en el presente. Y aunque las investigaciones científicas
demuestran que casi 98% del tiempo no estamos presentes, afortunadamente
nuestro cuerpo siempre está «aquí» – es este hilo de Ariadna que nos conecta
con nuestra esencia y nos permite salir del laberinto de experiencias
traumáticas. En vez de arreglar este hilo podemos explorar que ocurre si
decidimos seguirlo sin pretender entender a donde nos lleva. Tal vez podemos
permitir que todo el trabajo sea hecho por el cuerpo que no es otra cosa que la
Inteligencia encarnada.
El cuerpo humano no sólo digiere los alimentos, lo que vale lo utiliza, ya sea para obtener energía, para crear estructuras y/o mantenerlas. Lo que sobra se convierte en residuos (heces, orina, sudor, …).
Pero no sólo digerimos alimentos, también tenemos que digerir experiencias de la vida diaria, pensamientos que vamos teniendo, encuentros con otras personas, etc. Esa digestión también genera una dualidad, hay cosas que nos nutren, nos hacen bien, pero hay otras que hay que eliminar, ya que al igual los alimentos que no digerimos bien o abusamos de ellos, nos pueden crear problemas (obesidad, mal función de órganos cuando se acumulan sustancias nocivas, …).
Sensación (“me tocas el codo”)
Sentimiento (me molesta, me genera inquietud)
Intelectualización (“siempre haces algo que me molesta”)
La intelectualización, que suele ser excesiva y generalmente
negativa, hace que la relación sensación-sentimiento se convierta en muchas
ocasiones en creencias o generalizaciones y/o incluso en losas que cargamos a
nuestras espaldas.
Cómo se realiza y que puede hacer la persona que va a
recibir la sesión:
Le pedimos que, en cierto modo, adopte la actitud de alguien
que va a ver una película, ya que se le pueden presentar imágenes, sensaciones
corporales, recuerdos, olores (esto es algo personal para cada uno); pero no
hay que centrarse en lo que viene a cada momento (¡la película sigue, y si te
quedas dándole vueltas a algo, …. te puedes perder lo siguiente!). Y si te
quedas en algo, tampoco pasa nada, puede ser algo muy relevante para la persona
en ese momento.
Las manos del terapeuta estarán en todo momento en contacto
con la persona. El terapeuta en silencio, estará en un estado de presencia
absoluta, escuchando, sosteniendo, protegiendo al paciente. Esa presencia, esa
entrega, hará que la “digestión” se realice por parte del cliente.
La sesión suele durar unos 40 minutos aproximadamente.
Una vez terminada la sesión, se conversará sobre los
ocurrido, se informará de que el trabajo iniciado puede seguir en las próximas
jornadas y que si surge alguna incomodidad hay que tomarla desde la idea de que
el trabajo se ha iniciado y sigue.
Lo que salga en esta
sesión es siempre bueno y va en el camino de beneficiar a la persona. Es
importante que no intelectualice demasiado lo ocurrido, que se quede con las
sensaciones.
También decir que la mayor parte de las veces, una sesión de
este tipo es muy gozosa, fuente de felicidad y relajación.
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Intentamos realizar este trabajo desarrollado tal y como lo
entendía Mike Boxhall siendo resultado de 89 años de su extraordinaria vida.
Como el mismo solía decir, los primeros 40 años se dedicó a crear el caos en
sus diferentes formas y a continuación hizo un compost de todo ello del cual
finalmente ha salido una flor muy bella — La Enseñanza, una fusión de una
experiencia de vida encarnada, profundos conocimientos de la naturaleza humana,
filosofía taoísta, exploración de los últimos avances de la ciencia moderna ,
psicología junguiana, tradición mística del linaje osteopático, extensa práctica
clínica y medio siglo dedicado a trabajo con los grupos de exploración que
incluían a osteópatas, médicos, abogados, bailarines, terapeutas de distintas
ramas, psicólogos, profesores y todas aquellas personas que se sentían atraídas
por un trabajo que no se enfocaba tanto en convertirlos en profesionales
perfectos, sino más bien en personas más completas. Esta flor – Presencia en la
Quietud – ha sido generosamente compartida con su entorno, sus amigos y alumnos
en diferentes países y lugares, tomando forma de un viaje común hacia un nivel
donde no existe la patología. La aproximación a este nivel nos invita expandir
nuestras habilidades para escuchar a través del contacto corporal y con una
apertura cada vez mayor la historia contenida en la fusión del cuerpo, mente y
espíritu. Un nivel donde se encuentra el tesoro llamado Paz que no puede ser
expresada con las palabras.
A menudo la gente que nunca le ha conocido a Mike dice que
le siente muy cerca. Así es. Somos eternos mientras alguien nos ama, mientas
alguien nos lleva en su corazón. Finalmente todo es cuestión de amor. Seguimos
caminando todos juntos, aunque Mike se fue un poco más allá de lo que pueden
ver nuestros ojos.
La magia de la vida se expresa a través del movimiento en
cuyo corazón está la Quietud. No es necesario que hagamos algún esfuerzo para
encontrarla. Más bien se trata de soltar nuestra búsqueda o esfuerzo de
alcanzarla, para que se revele en este espacio no condicionado por nuestra
expectativa. Es aquel lugar donde estamos libres y podemos «ver lo que sea sin
convertirse en ello» y desde cual podemos entrar en una práctica compartida con
el otro sin ningún tipo de demanda, a veces — por primera vez en nuestras
vidas. Solo desde este lugar proactivo dinámico del presente aquietado algo
nuevo puede ser creado. Este estado nos da una oportunidad de ver y soltar
nuestra dependencia o lucha con los hábitos y así poder Ver con una frescura
absoluta aquello que siempre estaba allí…
EL TRABAJO
El Trabajo es estar Presente en la Quietud, en este centro
de nuestro verdadero yo, este espacio libre desde cual se despliega el milagro
de la vida, este estado de ser donde uno simplemente es testigo de lo que está
emergiendo sea cual sea la forma que esté tomando el proceso, sin juicios, sin
expectativas, sin análisis.
El Trabajo es dejar que el «el Trabajo haga el trabajo», es
confiar en la Inteligencia, rendir, al menos temporalmente, nuestras ganas y necesidad
de arreglar al otro, de saber que está ocurriendo y de qué manera podríamos
mejorar la situación.
El Trabajo es Escuchar tan plenamente como uno puede.
Escuchar al otro y escuchar a uno mismo. Escuchar no desde el intelecto, no
desde la dinámica masculina en la cual estamos estancados en casi todos
aspectos de nuestras vidas. No escuchar para dar consejo, medicina, técnica o
modelo terapéutico, sino desde corazón y sin ningún tipo de pretensión de
cambio, esfuerzo de mejorar o curar algo. Escuchar y sostener
incondicionalmente, sea cual sea el despliegue de la historia que se vierte
ante nuestra presencia aquietada.
El Trabajo no es de acumular los conocimientos sino estar en
la vanguardia dinámica de los avances de las ciencias más modernas que exploran
las interacciones del cuerpo, mente y psique con el entorno, con el modo de
vida que llevamos; las ciencias que están descubriendo un inmenso potencial del
cambio y expansión expresiva contenidos en nuestras bases genéticas que nos
permiten ser creadores de nuestra realidad en vez de ser víctimas de nuestro
bagaje hereditario. La misma pasión nos mueve a todos, seamos un científico o
no — es la pasión por La Verdad.
El Trabajo es tener el coraje para sentirse inseguro,
frágil, porque solo desde el lugar de esta máxima vulnerabilidad podemos
explorar lo que somos más allá de lo que creemos ser. Es un viaje hacia «la
tierra incógnita» y no podemos hacerlo pretendiendo seguir en la tierra firme y
bien conocida.
El Trabajo es ver, reconocer, ser consciente del lugar desde
donde vivimos, hablamos, tocamos, relacionamos con nosotros mismos y con la
otra persona.
El Trabajo es «ser normal, ser tú mismo», sin intentar de
convertirse en otra persona más inteligente, iluminada, serena, humilde, mejor
o lo que sea... Es trabajo es aún más difícil a veces — es aceptarnos tal y
como somos, compasivamente, abiertamente, delicadamente, conscientemente. No se
trata de ser perfecto sino de estar «despierto».
El Trabajo es La Practica Compartida. Es compartirnos con
los demás, compartir el Viaje, El Camino, momentos de dudas, momentos de la
iluminación, risas y lágrimas. Es compartir lo que somos y como somos en cada
momento. Es mostrarse.
El Trabajo es honrar a nuestros Maestros. Viven en nosotros.
Nuestra relación con ellos es tan eterna como la propia Creación. Han encendido
el fuego en nuestros corazones que nos mantiene de pie en los momentos de
tormenta y nos hace volar entre los soles del Universo.
El Trabajo es El Compromiso. Es el Camino que se apodera de
uno de una manera irrevocable. Nos elige y aceptamos ser Sus Peregrinos.
El Trabajo no puede ser nombrado, entendido o explicado. No
podemos hacerlo, pero podemos encarnarlo convirtiéndose en él. No es Hacer sino
Ser.
El Trabajo es Todopoderoso, Bello y Simple y sin embargo…te
necesita.
El Trabajo vive en tu corazón.
Tu eres Su Centro.
Vivimos en la época de la confluencia entre las tradiciones
y sabiduría milenarias y los descubrimientos e investigaciones de la ciencia
moderna. El corazón ya empieza a ser pieza esencial para ambas. El Intelecto
está en el Cerebro, pero La Sabiduría está en el Corazón. Se complementan uno
al otro y necesitamos a ambos, sin duda. Sin embargo, durante varios siglos
toda la prioridad se ha dado al intelecto. El principio masculino estaba
dominando y el femenino – suprimido. El análisis, el diagnostico, el
tratamiento y el pronóstico — son principios masculinos realmente muy útiles en
muchos niveles del trabajo. Pero tal vez podemos reconocer que, al avanzar
durante décadas en una dirección, nos hizo perder de vista la otra parte. Hemos
profundizado mucho en entender y hacer y hemos olvidado como escuchar. La
esencia de la escucha no está en el intelecto sino en el corazón. Cuando perdemos
la conexión con La Sabiduría y simplemente somos incompletos.
Las dos grandes necesidades del ser humano a nivel emocional
son ser escuchado y ser sostenido. Son dos pilares fundamentales que permiten a
nuestro cuerpo digerir eficazmente el flujo permanente de las experiencias de
vida de todo tipo con las cuales nos encontramos. Esto también crea unas
condiciones óptimas para el funcionamiento de nuestro sistema inmune – nuestro
guardián. Cuando nos sentimos escuchados, recibidos, sostenidos de manera
incondicional somos capaces de explorar las experiencias no-digeridas a nivel “más
profundo “de lo habitual. La mayor parte
de la vida pasamos reaccionando a los traumas acumulados que a menudo han
“entrado” en nuestro sistema en las etapas pre-cognitivas, pre-verbales, antes
de que se han desarrollado nuestras capacidades de conceptualizar y razonar
sobre lo que está sucediendo y permitir a nuestro sistema que lo “digiera”.
Estas experiencias o traumas sensoriales simplemente “están allí, dentro” y
nuestra percepción sobre nosotros mismos y sobre quienes somos tiende a basarse
en gran medida en ellas. La transmutación de los traumas de cualquier tipo solo
puede ocurrir en el presente. Y aunque las investigaciones científicas
demuestran que casi 98% del tiempo no estamos presentes, afortunadamente
nuestro cuerpo siempre está «aquí» – es este hilo de Ariadna que nos conecta
con nuestra esencia y nos permite salir del laberinto de experiencias
traumáticas. En vez de arreglar este hilo podemos explorar que ocurre si
decidimos seguirlo sin pretender entender a donde nos lleva. Tal vez podemos
permitir que todo el trabajo sea hecho por el cuerpo que no es otra cosa que la
Inteligencia encarnada.
Si como terapeutas trabajamos con otras personas y entramos
en contacto profundo con ellas y con sus cuerpos, nuestra primera responsabilidad
es estar encarnados, presentes en nuestros propios. Es especialmente importante
cuando se trata de un viaje tomado por dos personas o un grupo de ellas a un
nivel donde no existe la patología. No se trata de una manera especial o
técnica de hacer las cosas, sino de una manera de ser. Y esto podía ser
extrapolado más allá de nuestra práctica clínica – a nuestra vida diaria, las
relaciones interpersonales, la crianza de los hijos etc.
Este trabajo no es algo limitado a un grupo exclusivo de
terapeutas, sea la que sea su práctica.
Lo fundamental es el lugar en uno mismo desde cual éste entra en
contacto con otra persona. Por lo tanto, la modalidad terapéutica deja de ser
un factor determinante, sino es simplemente aquel “marco de unas condiciones”
en las cuales podemos explorar un nivel de relaciones más profundas. Es una
exploración y transición desde nuestro conocimiento limitado hacia una
revelación infinita. El potencial del trabajo biodinámico no está en lo que
sabemos o hacemos, sino en lo que somos. Ser tú, plenamente tú, infinitamente
tú, simplemente tú.
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